Cien metros adelante de todos, Ernesto Peinado Durí camina solo. No por castigo ni por protocolo, sino porque alguien tiene que ir primero, leer el camino, medir el peligro, decidir si la carretera es de los marchistas o de los camiones que vienen sin avisar. Es su avanzada. No va desapercibido. Lleva consigo su bandera en la mano y así ha caminado veintidós días. La prueba de su periplo son sus ampollas que quedaron en su cuerpo por su marcha entre asfalto, piedras y tierra.

"Hemos dejado familia, hijos, ya vamos 22 días de caminata, no sabemos, estamos comunicando así cada tres días, en este tramo no hay señal, pero ahí vamos, estamos firmes", manifiesta Peinado mientras hace su recorrido este jueves. En ese trajín, él cuenta que viene de la Comunidad Berlín, de la Federación Sindical de Vaca Diez, municipio de Riberalta, en el departamento de Beni. Allá, en la tierra baja donde el calor es húmedo y la selva respira junto a los hombres. Él es dirigente de una subcentral.
La marcha partió el 8 de abril desde Pando, el mismo día en que el gobierno promulgaba la Ley 1720 de conversión de la pequeña propiedad en mediana, una ley que, según los marchistas, amenaza con desmantelar la pequeña propiedad. Desde ese día, por los caminos polvorientos del norte amazónico, decenas de hombres y mujeres amarraron sus bolsas y se echaron a andar.

Ernesto fue de los primeros. Desde hace 22 días, literalmente marcha al frente, en esa parte del cortejo donde la carretera angosta obliga a caminar con cuidado porque los vehículos no frenan para los caminantes. Él lo explica con la misma calma con que describe todo: "La carretera es muy angosta, entonces hay movilidades que vienen muy a todas y es peligroso, entonces eso para la seguridad de todos nuestros marchistas que vienen hacia atrás". El peligro no lo detiene.
Cuando se le pregunta qué tuvo que dejar atrás, no dramatizó y por eso respondió que su familia y sus hijos. Eso significa que sus hijos, en algún lugar de Pando, pasan días enteros sin saber cómo está su padre. Y su padre, aquí en el camino, pasa días enteros sin saber cómo están sus hijos.
La causa que lo trajo hasta aquí tiene nombre concreto. Entre los principales puntos del pliego petitorio están la anulación inmediata de la Ley 1720 y la garantía de la seguridad jurídica de la tierra. Para Ernesto, esto no es abstracto ni lejano. Es la tierra que trabaja, la que hereda, la que defiende. "Por lo que vamos oyendo, la 1720 nos afecta ya de conocimiento, ya que, si va esa ley, ya va a desaparecer toda la Amazonía, ya que, gracias al campesino, todavía seguimos manteniendo la naturaleza", señala.
Aunque los primeros días, Peinado estuvo familiarizado con el clima, hace unas horas comenzó a notar cambios por la altura y el frío. Su cuerpo, acostumbrado al calor pegajoso de la Amazonía, empezó a acusar la altitud, una leve falta de aire y un viento que corta distinto. La marcha está por entrar al tramo más complejo de la travesía, el ascenso a la Cumbre, que espera con un intenso frío, antes del ingreso a La Paz.
Algunos compañeros, especialmente las mujeres, han tenido que ser evacuados hacia adelante porque el cuerpo simplemente les dijo basta. Ernesto lo cuenta. "Hoy ya hemos caminado unos cuantos metros y ahí ya fueron quedando, ya con falta de aire". Pese a ello, a paso lento, pero firme, muchos siguen caminado al grito “qué viva la marcha”, “qué viva la Amazonía”, “que viva Bolivia”.
El recibimiento
Cuando la marcha pasó por Challa, la gente los recibió con aplausos. “Sorprende cómo han podido caminar tantos días. Creo que es una causa justa”, afirmó con admiración Teodocia Aguilar, comunaria del lugar, mientras veía pasar por la carretera al bloque de marchistas. “Ojalá les oigan”, agregó.
Cuando a Peinado se le pregunta qué es lo más complejo de esta caminada, no duda en señalar a las ampollas. Ellas son el precio físico, literal, de cada kilómetro de asfalto y ripio que avanzaron desde la selva amazónica hacia la sede de gobierno.
¿Qué espera cuando llegue a La Paz? Lo dice sin dudar: "Quisiera que vean nuestra realidad, que venimos a defender una lucha que nos corresponde, un derecho". No pidió admiración, ni lástima. Un hombre que llega con los pies destrozados y la bandera todavía en alto no viene a pedir un favor, sino a reclamar lo que considera justo.
Ernesto Peinado Durí lleva la bandera al frente de la marcha. No porque nadie más quiera llevarla, sino porque alguien tiene que abrir el camino. Lleva veintidós días demostrando que tiene fuerza y así seguirá, firme.



