Coronavirus, arenavirus y medioambiente

Estamos invadiendo hábitats de vida silvestre, abriendo nuevos canales de transmisión viral y, en definitiva, rompiendo las barreras que separan a las distintas especies.

coronavirus

El 2019 —antecediendo al coronavirus o Covid-19— un agricultor boliviano contrajo un virus hemorrágico desconocido. Murió a los pocos días, al igual que la médica interna que lo auxilió en el hospital de Caranavi, y al igual que el médico cuyo intento por salvar a la interna fue inútil. Poco después, los estudios de laboratorio develaron que el mortal virus pertenece a la familia de arenavirus, se hospeda en un tipo de roedor aún no identificado y es transmisible a los humanos.

Bolivia es conocida en el mundo por el virus Machupo, un tipo de arenavirus identificado en los años sesenta en ratones nativos de regiones cálidas. Aunque no existen estadísticas, los pobladores de las zonas de colonización del Chapare o norte de La Paz saben que a menudo la gente enferma de fiebre y muere a los pocos días.

Desde una mirada socioeconómica, tanto el arenavirus como el coronavirus que azota al mundo son manifestaciones de la presión excesiva que los humanos estamos ejerciendo sobre la naturaleza. Ambas familias de virus están hospedadas en animales salvajes que vivían en ecosistemas relativamente aislados pero que cada vez están más expuestos a la intervención humana. Los roedores portadores de arenavirus proliferan en las zonas de colonización porque la gente elimina a los depredadores naturales, introduce nuevos cultivos como el arroz y genera desechos y basura. La interacción entre unos y otros seres vivos crece, al igual que la probabilidad de epidemias desconocidas.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Covid-19 es un tipo de coronavirus que de estar naturalmente confinado en animales salvajes (murciélagos), logró saltar la barrera entre especies, hasta llegar a infectar a los humanos. Los expertos presumen que pudo haberse dado por medio de un animal intermediario; quizá otro animal salvaje, uno domesticado o un animal salvaje domesticado. Lo cierto es que el contacto más estrecho entre especies y la presión sobre ecosistemas están provocando nuevas combinaciones de material genético y acumulación de mutaciones que desembocan en microorganismos modificados que lograron migrar hacia los humanos.

La presión sobre los hábitats se ejerce de muchas maneras. El tráfico de vida silvestre se extiende por todo el mundo, motivado en parte por las necesidades alimentarias de los pobladores locales; pero, sobre todo, debido a la demanda superflua de las sociedades ricas por animales y objetos exóticos. La coexistencia de la abundancia y la desigualdad es perversa porque estimula la explotación de recursos y la degradación ecológica.

La deforestación de los bosques para la agricultura a gran escala es un hecho cuyas consecuencias no conocemos del todo. Sabemos que la masiva expansión de la frontera agrícola distorsiona los balances biológicos, modifica la composición de ecosistemas y desplaza tierra adentro a campesinos e indígenas. Sin embargo, poco sabemos sobre las transformaciones microbiológicas que ocasionan la introducción de nuevas especies o pesticidas en territorios que solían ser bosques.

La agricultura basada en cultivos transgénicos, incluso podría estar alterando la naturaleza de formas insospechadas. Las nuevas semillas son portadoras de genes de plantas y bacterias manipuladas en laboratorios. Las grandes corporaciones del agro niegan cualquier posibilidad de mutaciones genéticas que sean peligrosas para el medio ambiente o para las personas. Pero el relativo corto tiempo de estos manoseos genéticos, no ayuda a despejar las dudas, ni a obtener evidencias de investigaciones independientes que arrojen luces sobre las consecuencias de los cultivos transgénicos en el mediano y largo plazo.

En este escenario, el coronavirus que recorre el mundo, el rebrote del arenavirus boliviano y otros virus como la influenza, representan alertas de extinción que no podemos seguir ignorando. Estamos invadiendo ecosistemas, creando nuevos canales de transmisión viral y, en última instancia, rompiendo aquellas barreras que separan a las distintas especies. El reto hacia adelante no es otra que repensar la manera en que interactuamos con la naturaleza.      

 

 * El autor es Director de la Fundación TIERRA.

 

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