El plan económico de Marcelo Claure

La preocupación por la crisis de Marcelo Claure no quedó solo en palabras que se lleva el viento, sino que lo está plasmando en un plan de rescate. Gracias a una generosa donación suya, “Harvard Growth Lab” aceptó su encargo de diagnosticar la situación económica de Bolivia, identificar los desafíos clave y diseñar un paquete de medidas estratégicas.

El plan económico estaría listo para agosto. Entretanto, la idea de Claure es apoyar al candidato más fuerte y, una vez que gane, entregarle el paquete de medidas para su implementación. Un gesto digno de reconocimiento, excepto por una pregunta incómoda que queda flotando en el aire: ¿El presidente electo —con su palabra empeñada y un programa de gobierno propio bajo el brazo— tendría que aceptar sin más lo que Harvard decida? ¿O es que se supone que, por venir de Harvard, será la mejor receta posible, tanto que ni haría falta su validación política por parte del electorado?

Vayamos por partes. El centro o laboratorio en cuestión, ciertamente tiene cierto prestigio internacional y sobre todo metodologías novedosas para hacer diagnósticos de crecimiento económico. Su fundador y director, Ricardo Hausmann, suele insistir que no vende políticas estandarizadas ni soluciones enlatadas similares a las de organismos multilaterales, sino estrategias de desarrollo adaptadas a cada contexto nacional y en consulta con expertos locales. De hecho, hace pocas semanas, Hausmann estuvo en Bolivia, sosteniendo reuniones con líderes políticos y el sector privado, estrechando relaciones académicas con algunas universidades, entrevistándose con periodistas influyentes. Su último anuncio fue que Jaime Dunn se sumaba a su equipo de expertos locales.

Sin embargo, innovar metodologías y estrategias no siempre conduce a diagnósticos y soluciones diferenciadas. Muchas veces, no son más que desvíos o caminos alternos que llevan al mismo destino. A juzgar tanto por los trascendidos del evento “Bolivia360 Day”, como por los adelantos de Claure y Hausmann, todo indica que este será precisamente el caso. Que hay que disminuir el déficit fiscal, recortar el gasto público, reducir los subsidios, frenar el asalto de las reservas internacionales y recuperar la independencia del Banco Central. En pocas palabras: lo de siempre, pero dicho desde el extranjero.

Aunque todo apunta a que será más de lo mismo, el plan despierta altas expectativas, en buena medida, gracias a que viene en un empaque impecable y al talento de Hausmann para vender el proyecto. A diferencia de la torpeza comunicacional de los autodenominados libertarios, el líder de Growth Lab reparte halagos por igual, exaltando tanto el “potencial agrícola” de Santa Cruz y Beni, como el “valor desaprovechado” de la quinua, la alpaca y la llama del occidente. No dejó de subrayar durante su visita que “Bolivia es un país lleno de gente talentosa y trabajadora que tiene lo necesario para ser más próspera de lo que es actualmente”. Por su parte, los mensajes de Claure tienden a reforzar esta visión, como cuando elogia a jóvenes cochabambinos por su papel en las industrias emergentes de software.

Hay una razón de por qué Harvard Growth Lab podría no estar a la altura de expectativas: su enfoque. Detrás de las innovaciones metodológicas, lenguaje técnico y comunicación cuidada, persiste su orientación económica pro-mercado. Cuando habla de “obstáculos de crecimiento”, en realidad no se refiere a todos, sino a las trabas que estorban la inversión privada. Hausmann lo admite entrelineas cuando propone eliminar cupos de exportación, incentivar la agroexportación y dar seguridad jurídica al sector empresarial. Esta tendencia es explícita en el proyecto “Bolivia360” que plantea una ley de promoción de inversión privada, tanto nacional como extranjera; nueva ley de hidrocarburos, reformas legales y tributarias para explotación de litio y un nuevo código minero. Las prioridades están más que claras.

Más allá de que un plan pro-mercado funcionaliza y subordina el papel del Estado a los intereses de inversores privados, un problema de fondo es su ceguera ante las distorsiones económicas propias de una sociedad y economía predominantemente extractiva. Un estudio más exhaustivo, por ejemplo, reportaría que existen privilegios tributarios para ciertos sectores privados. Las evidencias obligarían a preguntarse, ¿por qué algunas empresas del régimen general, por el mismo valor de ventas o ingresos, tributan cinco o diez más que las del sector agroexportador? Sería inevitable recomendar medidas tributarias correctivas o reformas fiscales progresivas. Pero decir algo así generaría un conflicto de interés para Harvard Growth. Por eso, en materia de ingresos fiscales, se limita a sugerir de forma genérica una “ampliación de la base tributaria”.

Sin embargo, nada de esto impide creer en que Marcelo Claure está realmente preocupado por la economía del país. Al observar y seguir lo que sucede en Bolivia desde otro contexto y desde su cotidianidad en el mundo corporativo, quizá está convencido que Harvard es sinónimo de neutralidad técnica, o que el mercado es la respuesta universal. Apostó todo a una opción y los riesgos son evidentes. Pero Claure también sabe que la peor estrategia de negocios es poner todos los huevos en una sola canasta, por más que tenga el sello de Harvard. Lo mismo aplica en economía y cuando está en juego el futuro de un país. Un plan económico es insuficiente para contrastar diagnósticos, sumar perspectivas o testear soluciones desde diferentes ángulos.

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