El fantasma del “candidato ausente”

Muchos bolivianos no están indecisos; simplemente no quieren votar por nadie de la lista. Están esperando a ese “otro candidato” que parece estar a la vuelta de la esquina, pero nunca llega. Las primeras encuestas ya reflejaban este clima de descontento, que pronto se volvió el caldo de cultivo perfecto para que varios aventureros se lanzaran a la carrera presidencial, a pesar de carecer del mínimo prestigio político acumulado. Todos dicen encarnar al “candidato ausente”.

Pero el vacío político es más hondo de lo que suponen o creen llenar estos precandidatos. Nuestras fracturas históricas —por color de piel, lugar de nacimiento, forma de hablar o de vestir— no han sido saldadas. Además, nuestras formas arcaicas de hacer economía y esos viejos vicios de la política nacional, siguen reproduciéndose con admirable tenacidad. Todo esto impide que surjan candidaturas capaces de articular un proyecto que realmente tienda puentes de entendimiento entre los bolivianos. No son los únicos obstáculos, pero sí algunos de los más problemáticos.

Imaginemos cómo tendría que ser ese “candidato ausente”. Para empezar, tendría que parecerse al boliviano promedio. Esta idea puede sonar superficial, pero no lo es: la llegada del Movimiento Al Socialismo (MAS) en 2006 marcó un parteaguas en la representación indígena popular. Ahí está la explicación de la vigencia simbólica de Evo Morales y el ascenso meteórico de Andrónico Rodríguez. Sin siquiera oficializar su candidatura ni presentar un plan de gobierno, éste último lidera las encuestas. Su apariencia, su origen, sus ambiciones (y dubitaciones) hablan por él. También representa al joven universitario que, como tantos, no ejerce exactamente su profesión y termina ganándose la vida como puede.

Segundo, el candidato ausente debería tener una visión que trascienda el corporativismo, el populismo, el clientelismo y, por supuesto, el caudillismo. Aquí es donde la figura de Andrónico empieza a desdibujarse. Es hijo político del MAS extraviado, ese instrumento político que tomó el poder legítimamente, para luego aferrarse a él con uñas y dientes. Cooptaron organizaciones de base, monopolizaron la representación popular y reforzaron el carácter patrimonialista del Estado. Éste es el talón de Aquiles para los “androniquistas” porque al haber construido su capital político dentro de la politiquería y no fuera de ella, no tienen oportunidad de escapar de los vicios conocidos.

Tercero, el candidato esperado tendría que ser capaz —real y simbólicamente— de unir a los bolivianos. La oposición creyó haber encontrado en la crisis económica una oportunidad en esa dirección. Por eso hace campaña con propuestas que apelan al bolsillo: combustible, dólares, estabilidad de precios. Suenan bien. Conectan con todos los estratos sociales. Pero hay algo que no termina de cuajar. Y es que no basta con hablar con convicción sobre economía, corrupción o institucionalidad. Hace falta una conexión más profunda. Una que no se logra con discursos bien escritos o bien puestos en escena, si es que los rostros, apellidos o tonos de voz no le son familiares al votante promedio.

Algunos que se sientan aludidos dirán: “Pero no es mi culpa no haber nacido con una historia de lucha y superación desde abajo”. Y es cierto. Ni Samuel Doria Medina, ni Jorge Tuto Quiroga, ni Manfred Reyes Villa la tienen. Y es que tampoco es cuestión de cargar en sus espaldas la susceptibilidad de las mayorías. La cuestión de fondo es que los unos desconfiamos de los otros. Así como el votante de apellido común es esquivo ante el votante de apellido que abre puertas, éstos últimos también ven con recelo a los primeros que pueden pasearse desapercibidos por la Feria de 16 de julio o por la Ramada. En Bolivia, la desconfianza es una calle de doble vía.

Estas fisuras y mutuas suspicacias dan lugar a lo que en sociología se conoce como “doble exclusión” o “doble rechazo”: cuando alguien asciende socialmente desde un origen marginalizado o popular, en lugar de ser reconocido, es rechazado por ambos mundos. Su comunidad de origen siente que traicionó sus raíces y, a la vez, el nuevo círculo no lo reconoce completamente como “uno de los suyos”. En Bolivia, la movilidad social es un privilegio escaso, despreciado en la arena electoral, pero a la vez secretamente deseado como un atributo o símbolo de una unidad posible, esa que tanto se invoca de boca para afuera, pero que nunca termina de concretarse. Es algo que no vamos a zanjar de la noche a la mañana.

Mientras tanto, la suerte parece estar echada para estas elecciones. El “candidato ausente” no aparecerá. No estará en la papeleta, ni en los spots, ni en las alianzas. Y cualquier intento de construir una representación genuina que estreche los lazos entre las mayorías y las minorías seguirá siendo una utopía de domingo por la noche. Mientras esos potenciales líderes políticos que podrían tender puentes sigan atrapados en la jaula de la doble exclusión, el horizonte seguirá cargado de nubarrones grises.

Después de todo, el problema no es de nombres ni de apellidos. Tampoco de si somos reconocibles en la calle o pasamos desapercibidos. El punto es que el “candidato ausente” no es una persona, sino un fantasma de nuestros traumas y un síntoma crónico de los males que nos aquejan. Es el espejo roto donde nos reflejamos como sociedad.

Gonzalo Colque es investigador de la Fundación TIERRA.

Artículo publicado en: Visión 360, Brújula Digital, Rimay Pampa, Urgente.Bo, Sumando Voces

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